Recomendación musical (Las arañitas de Marte y una Pepsicola por favor…)

El 15 de junio de 1986 mi padre destrozaba su garganta al grito
de gol y, yo sentado en cuclillas delante de él con un dejo de miedo y emoción, veía, por
nuestra primera televisión a color a un Manuel
Negrete levantando la vista al cielo y apretando los puños. Era el primer gol de México en contra de Bulgaria, en un histórico encuentro, que los nacionales ganaron 2-0.

Acabando el partido y con la alegría desbordada él tenia que cumplir su promesa de llevarme al cine, a ver “101 dálmatas”, y porque mi madre nos corrió para no despertar a mi hermana que tenia 7 días de nacida.

Yo creía que como siempre papá me llevaría al cine Alameda, pero, al no tomar el rumbo habitual creí que había roto su promesa, solo me calmo diciendo que era una sorpresa (niño al fin).

A lo lejos, ubicado entre Av. Insurgentes y Montevideo, se veían unas torres, -es alla-dijo. El Cine Lindavista. Un castillito que simulaba ser como el del Disney World.

Construido en un estilo arquitectónico neo-colonial, que era una expresión estilística muy popular y aceptada por la gente, como una serie de cines de lujo donde se sumaban entre otros El Palacio Chino. En palabras de su autor el arquitecto Charles Lee “el espectáculo comienza desde la calle”.

El cine contaba con una magia que atraía y fascinaba (Yo creía que entrando me iba a tragar Madame Mim, afortunadamente iba armado con mi “garra felina y mi espada del augurio” del mercado). Muchos podremos recordar con nostalgia haber ido al Cine Lindavista a ver los “101 Dálmatas”, “Bambi”, “La Cenicienta”, “Willow”, “Los Amos del universo” o “Mazinger Z”. Grandes filas, que daban vuelta a la cuadra, se podían ver cuando había un estreno.

Por dentro, el cine, estaba adornado por las figuras de Los Tres Caballeros, Pluto, Mickey, Minie, Dumbo, Mowgli, Donald, sus sobrinos, la Bella durmiente, Goofy, Malefica entre otros. Busque y busque las escaleras para subir a la torre pero nunca las encontré.

Al centro una dulcería, de mediano tamaño, era la antesala de 3 horas de ensueño. Muchos años después me entere que la madre de un amigo era quien atendía y me daba mis ollitas de tamarindo, Sabritas, Frescas bolitas, palomitas, Bocadines, Frutsis, Boings de triangulito y refrescos.

-Una “Pecsicola” por favor-

-Con hielo o sin hielo-

-Con un chorro de “llelo”-

-Estas como operado del cerebro si crees que voy a dejar que tomes frío, luego te enfermas- decía mi padre.

-Aaaaassshhhh, papá, ni me enfermo-

Enfrentado a la crisis de la exhibición, la competencia del video, los nuevos esquemas de proyección y comercialización y las problemáticas de la ciudad (esta zona siempre ha sido foco rojo de asaltos e invasión de predios por gente sin hogar), el cine fue abandonado. Campanita y el ratón aprendiz de hechicería dijeron su ultimo conjuro, guardaron la ultima risa de un niño en los pasillos y… cerraron sus puertas.

Pocos años después, se presenta la canonización de Juan Diego, y es entonces cuando las autoridades eclesiásticas de la ciudad de México, designan al Cine Lindavista como el lugar indicado para edificar ahí el Santuario Nacional de San Juan Diego. Poco a poco butacas, dulcerías, pantalla, cabina se sustituyeron por sillería, altares, nichos, imágenes y devoción.

Esta realidad en la que navegamos es pura ficción.

Una de las mejores películas que he visto en mi vida, la disfrute en el Lindavista, “El Laberinto”.

“The Labyrinth”, de Jim Henson (creador de los Muppets), tenía como protagonista a Jennifer Connelly (una de las primeras mujeres que me hicieron pensar en los besos en la boca a mis seis años de edad).

 

 

Plagada de marionetas, aunque la película está hecha para niños, no tiene la insultante condescendencia que muchas veces se emplea en el cine infantil, en la errónea creencia de que los niños son bobos e incapaces de comprender emociones profundas y personajes complejos.

En el “intermedio” de la película (si, paraban la función a la mitad para que la gente fuera al baño o fuera a la dulcería) mi padre se percato de que había quedado fascinado con el Rey de los Goblins. ¡Oh poderoso Jareth!, me contó acerca del antagonista, un tal David bowie, un tal camaleón, un tal Ziggy Stardust y las
arañas de Marte.

Termine de hacer “pipí” y le dije que me enseñara el disco al regresar.

Terminando la película, lo único que me hizo reaccionar de que ya no viera a tan preciosa adolescente, era la carrera que tenia que dar contra los otros niños por ganar los mejores lugares de los juegos mecánicos, que se encontraban en el mismo terreno del cine rodeando el castillo. Esa feria era un foco de tétanos y demás infecciones (nunca vi que la quitaran desde 1986 hasta 1997).

Esta realidad en la que navegamos es pura ficción.

La otra atracción consistía en recoger la infinidad de tapas de Pepsicola regadas en los adoquines del Disney World mexicano, En aquellos años, como recordaran, había una promoción de la refresquera: cambiando las corcholatas y algunos pesos por un vaso de platico da casi un litro de capacidad, con tapa, válvula para dejar salir el gas (supongo que los “mostros” de la mercadotecnia pensaban que los íbamos a rellenar diario de refresco). Venían serigrafiados con personajes de la Warner Bross, con alusiones a la navidad, al fútbol, al rock, al amor, y hasta existían los portapepsicindros los cuales vendían fuera de las primarias y en los cruceros poco transitados de la Ciudad.

Todo mundo cargaba sus vasos esos (que hasta la fecha se usa su nombre como genérico a cualquier vaso con popote), los usábamos para mitigar la sed, de espadas contra otros, había a quien se le regaba en la mochila y todos sus cuadernos se echaban a perder, echarle aire en la cara a alguien o usarlos de granadas.

La “Guerra de las Colas” era dominada por Pepsi en aquellos ochentas. ¿La Coca?, no la Coca era pa´las cubas de los papas.

Ahora son pocas las casas donde se puede ver algún pepsilindro, tal vez en alguna alacena, en el desván o cuarto de los tiliches, la mayoría estarán en la basura con muchas de nuestras aventuras y desventuras. Tal vez el poderoso Rey Jareth aceche por ahí, tal vez los acordes de la caída de Ziggy y las Arañas de Marte se escuchen mejor desde esa oscuridad, desde su exilio, nuestro exilio y nuestra caída.

Esta realidad en la que navegamos es pura ficción.

Al llegar a casa mi padre puso el LP de Bowie “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” con audífonos para que no se despertara mi hermana. ¡Joder!, ¡que excelente disco! parecía que “El Laberinto” se había trasladado de la pantalla a mis oídos. A los siete años me incomodaba su imagen andrógina un poco (para mi un héroe se tenia que ver cabron como Rambo), a pesar de que estaba muy acostumbrado a ver a mis tíos vestirse y cortarse el pelo así.

No comprendía ni una palabra de lo que decía pero papá me contaba las historias espaciales de este “Rock Star” intergálactico decidido a salvar la tierra con su música. “Ziggy Stardust” me hacia voltear a la luna a ver si lo divisaba sentado en el cuarto menguante o si se reflejaba en el agua (en ese entonces vivía al lado de un lago). Nunca lo vi pero sabia que estaba conmigo cuando sonaban los primeros acordes de su LP conceptual.

Aun busco a Ziggy cuando la luna se posa sobre el edificio de los indios, acá, en el Centro y se queda parada un buen rato, aun no lo logro ver. Aun me queda su canción. Quiero pensar que no fracaso en su intento de salvar la Tierra, quiero pensar que cuando Amelie se asoma en la madrugada por el balcón ha visto a las arañitas de Marte.

All you need is rock: “Descargala”

“Ziggy Stardust”
David Bowie
Interprete: David Bowie
Album: The Rise and Fall of Ziggy Stardust
and the Spiders from Mars

~ por El salmón en Julio 7, 2008.

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